martes, 26 de abril de 2011

Levantando quiniela, Catalina Adriana Giménez

Y si después de todo lo que tenía como certezas le habían resultado una mierda, ¿por qué tenía que adaptarse a ese nuevo modelo?
Y no era temor a que las cosas no resultasen como se piensa deben salir las cosas después de los cuarenta, prolijitas y ordenadas. ¡Qué va! Si algo lo rescataba de la monotonía era la fama, hasta hacía un par de años mala fama, pero después de cierto tiempo y ciertos sucesos propios de esta época, se había convertido en ícono de la resistencia. Lo incomprensible era su territorio, y podía discutir horas sobre temas que en su vida había leído pero con convicciones tales que nadie podía discutir. Tendencia borgiana a citar a un montón de alemanes y rusos que sólo existían en su imaginación pero que de tanto citarlos hasta él mismo estaba convencido de que existían.
¡Eso era lo que lo jodía! Se suponía que era crítico y agudo, inteligente y cínico, astuto y cruel…y en el fondo más recalcitrante de su cuerpo odiaba a los intelectuales.
Los odiaba tenazmente. Él tenía que esforzarse por ser brillante, por dar un salto triple mortal con una idea y no quedar como un simple murguero.
¡La puta que los parió! – pensó
Y ahora le venían con que lo que escribía no atrapaba del mismo modo a sus “fieles lectores”. El acoso del director en jefe lo había llevado a tomarse de nuevo hasta el pulso. A los treinta te tomás una botella de vodka y delirás literariamente, a los cuarenta sos un borracho patético y te meas…
Las reglas del juego habían cambiado.
Y si las reglas habían cambiado y su hígado ya no resistía tampoco el vodka como antes, él también cambiaría.
- ¡Se pueden ir todos a la mísmisima c… de su… bah, a la c…que más les guste!. Después de todo, abogando por la libertad y en honor a la resistencia a la que pertenecí y que ahora es sólo caldo de gordos y putas acomodadas, ¡la última cabriola es para mi abuelo, punguista y levantador de quiniela en Barrio Yapeyú!
Levantó el vaso de vodka con naranja, se lo tomó dando una carcajada que quiso sonar irónica y apenas rozó lo patético (nunca había sido muy bueno para la actuación), se sentó a la notebook y se puso a escribir el partido de bochas de la canchita de frente del Neuro que había visto diez años atrás.
Hay que dejar fluir -le había dicho la trasnochada rubia que se había levantado a la salida del teatro-. La mina era budista zen, menos cuando bebía y cogía, que ahí era una geisha…ecléctica la minita…
Y como la resistencia no se declama sino que se vive en el cuero, aunque te cuelgue por todos lados, a partir de esa nota empezarían sus alegatos en defensa del Neuro y en contra de los monopolios inmobiliarios que invadían Barrio General Paz.
De ahí se fue a la esquina de las Ponce en la que se había parado su abuelo años atrás y se puso a levantar quiniela….
¡Hay que dejar fluir, flaca!- se dijo.

2 comentarios:

  1. A mí una vez una amiga psicóloga me dijo que tenía que dejarlo fluir, en relación a un asunto que me agobiaba. Por suerte no le di bola del todo, lo dejé fluir un poquito nomás, y cuando ya vi que podría tener consecuencias legales, le aflojé y no fluyó nada. Divertido y juguetón. Dejo puntos.

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